Decimosexto domingo del tiempo ordinario

Decimosexto domingo del tiempo ordinario Lecturas

Las referencias a los pastores en las Escrituras se pierden en la comunidad actual porque la mayoría de nosotros no crecimos en granjas o en zonas rurales. Por eso, es un buen momento para reflexionar sobre qué hace exactamente un pastor y quiénes son.

Un pastor era responsable del cuidado de un rebaño de ovejas. A través del adiestramiento y el condicionamiento, las ovejas llegaban a conocer el cuidado que el pastor tenía por ellas y respondían a la voz del pastor, porque las ovejas siempre identificaban al pastor por su seguridad y por llevarlas a pastos verdes para alimentarse.

Cuando un pastor se hacía responsable de las ovejas, era un compromiso total. El pastor pasaba todo su tiempo con las ovejas cuando salían a pastar, recogía a las que se alejaban del rebaño y las traía de vuelta, y el pastor protegía al rebaño porque no tenían otros medios para defenderse de los depredadores.

En nuestra Iglesia, los verdaderos pastores son los obispos, que tienen la responsabilidad de su pueblo. La responsabilidad es principalmente espiritual, pero también se extiende a las necesidades materiales y a los asuntos seculares. Como los pastores no pueden supervisar toda una congregación (diócesis) con atención individual, delegan en los párrocos la responsabilidad de rebaños más pequeños (parroquias).

Desgraciadamente, algunos obispos y pastores, a lo largo de la historia de la Iglesia, abandonaron la función de cuidado y protección de su rebaño y, en cambio, adoptaron una actitud elitista que formó una jerarquía y los separó de las necesidades cotidianas del pueblo. Sin embargo, la vocación era ser como Jesús y ser el servidor de los servidores de Dios.

La responsabilidad de las ovejas no termina con el obispo y el pastor, sino que se extiende a la “pequeña iglesia” o a la familia, donde papá y mamá también tienen la responsabilidad de cuidar el rebaño que Dios les ha dado.

La mayor crisis de la Iglesia hoy en día, es cómo animar a las ovejas descarriadas, nuestros jóvenes, a volver al redil. Nosotros, como padres, nos enfrentamos a situaciones que nuestros antepasados ni siquiera podían imaginar.

Entonces, ¿cómo lo hacemos? Me viene a la mente la canción “Que haya paz” y la línea que dice: “Que la paz empiece por mí, que este sea el momento ahora”. Antes de convertirnos en pastores, debemos ser buenas ovejas o buenos seguidores de Jesús. Un pastor guía con el ejemplo y crea un entorno seguro y nutritivo que resulta atractivo para las ovejas. Esto significa que en la familia, la mamá y el papá, o el padre soltero, deben primero ser conformados a la misma semejanza de Jesús, estar llenos de su amor, y amar a nuestros hijos como Jesús nos ha amado primero. Necesitamos construir relaciones con nuestros hijos, escucharlos con nuestros oídos y no con nuestras bocas, y aceptarlos donde están con una visión dada por Dios para verlos enteros y completos en Su amor.

La Iglesia se renovará familia por familia. A menudo, tendemos la mano a otros, no de nuestro rebaño, antes de atender las necesidades de nuestro propio rebaño. Tenemos que florecer donde estamos plantados y ministrar dentro de los confines de donde cae nuestra sombra.

Que el Espíritu Santo siga renovando la Iglesia, una pequeña iglesia a la vez, para que juntos nuestras vidas y nuestras acciones den gloria al Padre y sean un ejemplo para los nuestros y para los demás.

Que Dios nos siga bendiciendo,

Diácono Phil